¿Hacemos tabla rasa de la España de las tres culturas?

Desde que se empezaron a desarrollar en historia la humanidad las primeras sociedades urbanas en Mesopotamia y en Egipto a finales del IV milenio antes de nuestra era, ha habido ocasiones en las que, en algunos lugares, se ha producido el encuentro de grupos humanos provenientes de horizontes culturales y étnicos distintos. Ha habido periodos más o menos largos en el que estas comunidades han cohabitado en ciertos espacios geográficos. Y en ciertas ocasiones el intercambio fluido entre ellas ha producido avances considerables en el mundo de la cultura y de la ciencia. A pesar de ello, no nos engañemos, la utopía perfecta, el paraíso de paz y armonía, nunca se ha dado, pues el hombre desde la noche de los tiempos ha arrastrado consigo el fardo de su pertenencia étnica, el orgullo de formar parte de un grupo se desarrolla desde la infancia, y es difícil desprenderse del sentimiento de seguridad que esta pertenencia aporta a muchos: “cuando mi grupo es fuerte, por inclusión yo también lo soy”.

A pesar de que el hombre nunca ha alcanzado la utopí­a, los lugares y los momentos en los que grupos diferentes han podido vivir sin destrozarse, y además han colaborado en proyectos comunes que tendían puentes entre comunidades han dado parte de los grandes avances científico-culturales de la historia de la humanidad.

Y a pesar de ello hay quien los niega. Últimamente hemos visto a algunos detractores escribir en contra de la España de las tres culturas, revisionismos históricos que han buscado negar su existencia y acabar con su recuerdo lanzando la idea al viento de una convivencia imposible y de una lucha perpetua y sin tregua a lo largo de los siglos.

Pero acerquémonos al periodo de la historia de España que va desde el 711 hasta 1492. En este lapso enorme de tiempo, de casi ocho siglos, de más de 24 generaciones, nos encontramos, como es de esperar, de todo. Y solamente un análisis histórico con rigor científico, y que por lo tanto tenga en cuenta todos los elementos del periodo, y no unos cuantos elegidos a voluntad, nos podrá hacer entender en su debido contexto la llamada España de las tres culturas. Sería muy inocente e infantil pretender que Al-Ándalus o Toledo fueron un paraíso perdido, puesto que la componente étnica del hombre es una fuerza contraria a ello, como se ve hoy día en los nacionalismos tanto centrífugos como centrípetos.

Detractores ha habido últimamente que se han fijado y han puesto el acento en los momentos de conflicto, que nadie puede negar que produjeron raudales de sufrimiento a los habitantes de los territorios islamizados y cristianos. Pero negar los frutos de la cohabitación en los momentos en los que ésta se dio es segar retazos de la historia, voluntariamente ignorar una parte de ella, que junto con las partes más oscuras nos hacen entender el proceso que a través del tiempo ha ido formando el mundo actual. Pues la principal tarea del historiador no es “glorificar” (¡que miedo me produce esta palabra!) una causa, encontrar satisfacción en una supuesta grandeza pasada de su grupo étnico, sino entender el largo proceso que desde la noche de los tiempos ha ido dando forma la manera en la que los hombres se relacionan hoy entre ellos.

Los momentos de cohabitación y colaboración los vemos en sus frutos, no podemos olvidarlos. Los cristianos en Al-Ándalus continuaron practicando sus cultos y la Iglesia, organizada, siguió funcionando, algunos de sus miembros en ocasiones fueron enviados como embajadores a las cortes cristianas. Tanto cristianos como judíos mantuvieron sus costumbres y continuaron rigiéndose por sus leyes, pasando por periodos de mayor y de menor tolerancia. Los mozárabes, cristianos en territorio de al-Ándalus, mantuvieron las sedes metropolitanas de Toledo, Mérida y Sevilla, así como numerosos obispos. La integración de los cristianos en la sociedad islámica levantó recelos de algunos defensores de la ortodoxia como Eulogio de Córdoba que escribió: “nuestros jóvenes cristianos, con su aire de elegancia y su verbo fácil, son ostentosos en el vestido y en el deporte, y están hambrientos del saber de los gentiles; intoxicados por la elegancia árabe, manejan, devoran y discuten celosamente los libros de los caldeos y los dan a conocer alabándolos con todos los adornos de la retórica, mientras que nada saben de la belleza de la literatura eclesiástica”. A pesar de la rabia que destilan, los escritos de Eulogio son un fruto de la literatura cristiana producida en Al-Ándalus como los de Elipando de Toledo, que dirigió una epístola a Carlomagno.

Los judíos vieron mejorada su situación, pues tras duras persecuciones que sufrieron bajo el dominio visigodo llegaron a ser actores económicos de primera línea. El médico Abu Yusuf Ibn Shaprut, fue enviado para curar al rey Sancho el Gordo de León de su obesidad y tradujo al árabe los tratados de medicina de Discórides. El sabio Haday, a través de sus contactos con los hebreos de Cairuán y de Constantina introdujo en Al-Ándalus tratados de astronomía. Del científico y poeta Moisés ben Hanoi escribió Moisés ben Ezra de Granada. “supo extraer para su país las aguas de las fuentes de la ciencia oriental, e importar los tesoros de la sabiduría desde todas las ciudades lejanas; él fortificó las columnas de la ciencia, rodeándose de sabios procedentes de Siria y Babilonia”. Córdoba y Lucena se convirtieron en centros destacados del derecho hebraico.

Los reinos cristianos se beneficiaron también de la ciencia de al-Ándalus: el monasterio de Ripoll, en Cataluña, es el único de España en el que se impartían las enseñanzas del quadrivium (astronomía, música, geometría y aritmética), por influencia venida del Califato de Córdoba. No vamos a hablar aquí de la muy conocida Escuela de Traductores de Toledo y su trascendencia para la ciencia occidental pues son numerosos los trabajos que se han dedicado a este asunto.

El fenómeno de interacción entre culturas que se dio en Al-Ándalus puede incluirse en una serie de situaciones similares que se han dado en el devenir de la historia en momentos en el que los azares de la evolución política y la conjunción de circunstancias convergentes han producido situaciones comparables. En la Antigüedad, el periodo Helenístico (ss. IV – I antes de nuestra era) vio desarrollarse de manera vertiginosa los contactos entre Oriente y Occidente. En esta época los griegos aprendieron astronomía, los babilonios filosofía, las ciudades más importantes del Mediterráneo oriental rivalizaban por poseer las mejores bibliotecas, como aquella de Alejandría en la que trabajó Eratóstenes, que midió el perímetro de la Tierra con una precisión asombrosa. Pero esta época acabó con la Antigüedad de manera violenta. El emperador Justiniano de Bizancio cerró en el siglo VI d.n.e la Academia de Atenas y los filósofos se refugiaron en la corte de Persia produciendo allí un renacimiento cultural e inyectando de nuevo el saber de la filosofía griega en Asia. Mientras tanto en Occidente, en la España visigoda se perseguía con saña a los judíos y de enviaba a la muerte a los homosexuales (destino que este grupo tuvo que padecer durante siglos). Y las persecuciones medievales se llevaron a cabo, no por conflictos políticos como pasó en Roma con los cristianos, sino por el hecho de la adscripción de las víctimas a un grupo proscrito por la ortodoxia del poder.

Con la llegada del Islam se abre una nueva puerta a la convivencia, pero, no caigamos en el maniqueísmo, si bien renace la tolerancia que se había conocido en la Antigüedad, la Utopía no existe, el hombre es étnico por naturaleza, y también se produjeron periodos de sórdidas persecuciones en todas partes. A pesar de ello no podemos dejar de lado los largos periodos de tolerancia. En todas partes y en todas la épocas el sentimiento de pertenencia étnica hace estragos. En Al-Ándalus las diócesis eclesiásticas siguieron funcionando con obispos a su frente, se convocaron concilios, con la autorización del emir, igual que antes se precisaba la del rey visigodo. Cristianos entraron en la guardia personal del emir y en el funcionariado. Cuando entre los cristianos de Al-Ándalus se propagaron las doctrinas adopcionistas, que afirmaban que Cristo era hijo adoptivo de Dios en cuanto a su naturaleza humana, consideradas como herejes por la ortodoxia romana, su principal propagador, el monje Félix, fue condenado y obligado a retractarse en el concilio de Ratisbona, convocado por Carlomagno en el año 792. Los obispos cristianos de al-Ándalus, escribieron al propio Carlomagno para quejarse de la persecución de la que era víctima Félix, que buscó refugio en tierras musulmanas. El concilio de Frankfurt lo volvió a condenar en 794. Más tarde sería detenido y obligado a permanecer en Lyón el resto de sus días.

Es cierto que la tolerancia disminuyó en el curso del siglo IX, entre otras cosas por la participación de mozárabes en sublevaciones contra el poder en las fronteras del emirato, y por la intransigencia de los alfaquíes. Una carta del emperador Luís el Piadoso del año 826 anima a los cristianos mozárabes a combatir al emir y les ofrece ayuda militar. Oposición al poder central, cooperación con enemigos externos e intransigencia de los alfaquíes forman un cóctel nada favorable a la cohabitación pacífica. Al mismo tiempo, muchos cristianos, integrados en las modas y en los usos de Al-Ándalus, eran fuertemente criticados por clérigos como Eulogio de Córdoba, tal como hemos visto supra. Año 850: un monje, Perfecto, es condenado a muerte por insultar a Mahoma. Ante un ambiente de crispación creciente, algunos cristianos blasfeman en público siguiendo el ejemplo de Perfecto y encuentran el martirio. Los buscadores de martirio aumentan y Abd al-Rahman II intenta una solución acercándose a los cristianos moderados. Éstos desautorizan a los exaltados con el argumento de que “sin violencia, persecución, ni molestia alguna de parte de los infieles”, buscar el martirio es lo mismo que el suicidio, prohibido por la ley de Dios. En momentos de gran exacerbación todos encuentran algún percance que demuestra que el otro bando fue el primero en iniciar el conflicto. Los cristianos radicales hablan de ataques a su comunidad, los cruces de culpas entran en una espiral imparable. Un concilio reunido a instancias del emir en Toledo en 852, condena el discurso exaltado de Eulogio y prohíbe a los cristianos buscar el martirio. Se detuvo entonces a los cabecillas de los místicos y las provocaciones y respuestas por ambos lados continuaron hasta la muerte de Abd al-Rahmán. Su sucesor, Muhammad, buscó de nuevo la conciliación, y como primer paso liberó a los prisioneros. Pero los partidarios de Eulogio se mantuvieron desafiantes y continuaron sus ataques al Islam. resultado, condena a muerte de los blasfemos, destrucción de su centro de reunión, el monasterio de Tábanos y la ejecución de Eulogio en 859. Su muerte significó un relajamiento del misticismo radical. Estos acontecimientos no dejaron de tener consecuencias para el futuro aumentando los recelos entre las comunidades cristiana y musulmana.

En tiempos de Almanzor, las cosas no pintaron mejor, en plena descomposición política del Califato, este caudillo, hábil político, anuló la autoridad del califa y tomó en sus manos todo el poder por medio de la intriga y del asesinato político. En su época Al-Ándalus vivió una verdadera dictadura, y este ambicioso personaje buscó justificar su poder, entre otros medios, lanzando ataques contra los cristianos. Pero los peores tiempos estaban por venir, los grandes asesinatos masivos de judíos vendrían luego, en el siglo XIV en las ciudades cristianas, como la matanza del “Call” de Barcelona en 1391. Con la toma de Granada, se termina una época con luces y sombras, pero durante la cual las distintas comunidades pudieron vivir conforme a sus costumbres y creencias. Con el establecimiento de la monarquía católica y el alcance del poder de la Inquisición en el conjunto del territorio peninsular, toda desviación de la doctrina de la Iglesia puede costar la vida a sus detentores, aunque esta desviación sea en el campo de la ciencia y no en el de la religión. Pero el caso de al-Ándalus es un ejemplo entre otros de una dinámica que parece cebarse a lo largo de la historia en los centros de convivencia. Sarajevo fue también punto de encuentro y de cohabitación de culturas amparado en la libertad de que todos los súbditos del Imperio Turco disfrutaban para vivir conforme a sus credos y costumbres. En esta ciudad se abrió en 1896 la famosa biblioteca que antes de la guerra de Yugoslavia poseía 1.500.000 volúmenes, de ellos 155.000 obras raras y 478 viejos manuscritos. La biblioteca de Sarajevo fue bombardeada por mandato del general servio Ratko Mladic el 25 de agosto de 1992 durante tres días. La convivencia y sus frutos materiales e intelectuales se desvanecieron juntos en Sarajevo arrastrados por el torbellino del odio.

Tres culturas y más han cohabitado en distintos momentos en diversas áreas del mundo: el Oasis de Turfán en el Asia central donde se han recuperado manuscritos que dan testimonio de su vida cultural; el reino griego de Bactriana en el actual Afganistán donde encontramos inscripciones budistas en griego, y que nos legaría entre los frutos de su actividad cultural el Milindapanha, tratado de pensamiento budista escrito en el estilo de los diálogos de Platón. Vestigios de la rica cultura budista en este país eran también los Budas de Bamiyán bombardeados por los talibanes.

Los antiguos persas concebían el mundo como la lucha de dos principios, el de la luz, comandado por Aura Mazda, y el de las tinieblas, dominado por Ahrimán. Ambos contendientes se libran a una batalla sin piedad durante 6.000 años, a lo largo de los cuales de desarrolla la historia de la humanidad. El teatro de esta batalla es el mundo tangible en el que vivimos. Luz contra tinieblas, hermosa metáfora sobre sabiduría e ignorancia. ¿Vamos a dejar que las sucesivas victorias de Ahrimán hagan caer el olvido los momentos de dominio de Aura Mazda? Gentes que han puesto su grano de arena para la cohabitación de culturas las ha habido en todas partes, como Bartolomé de las Casas, que se esforzó por el reconocimiento de la dignidad de los indios en el Nuevo Mundo. Pero últimamente, algunas voces han querido negar totalmente la existencia de la España de las tres culturas, afirmando que el peor enemigo de España a lo largo de su historia ha sido el Islam. ¿Olvidan que la grandes luchas endémicas de España, una vez que apareció en Europa como tal, a partir del siglo XVI se efectuaron contra ingleses, franceses y flamencos? Un internauta que se autodenomina “Segador” dijo en un foro de Internet que el peor enemigo de España es ella misma (alzamientos continuados en el siglo XIX, guerras carlistas, guerras de América, guerra civil en el siglo XX… ira desencadenada que provocan los intentos de llegar a acuerdos de convivencia con los partidos nacionalistas…)

Observando el devenir de los siglos y la historia que se repite, el historiador humanista no puede sino mirar con nostalgia las oportunidades perdidas, y con recelo a los que intentan negar los frutos de aquellas semillas que una vez germinadas vieron sus brotes cortados. Estos “historiadores” que niegan tantas producciones del genio humano y tantos momentos de paz y de cohabitación, están en la línea, y preparando el camino a aquellos que, guiados por su instinto básico de pertenencia étnica, periódicamente a lo largo de la historia pisotean los retoños de la convivencia impidiendo que se desarrollen. Otros, prefieren alinearse con otra tendencia histórica, la de los que consiguieron producir destellos tintineantes y débiles en la larga oscuridad de la confrontación; estos destellos que en el pasado terminaron en sangre y destrucción.

Me pregunto si los detractores de la posibilidad de vivir en común, y negacionistas de los frutos de la cohabitación saben lo débiles que son estas situaciones, lo frágil de su estructura, que se quiebra al más mínimo soplo del sentimiento de pertenencia étnica. Tal vez no lo saben, o tal vez si. Nos encontramos entonces ante dos posiciones antagónicas: la de hacer lo posible para que no se den las circunstancias en las que surgen las sociedades cosmopolitas, e intentar destruir sus gérmenes y sus frutos, como ocurrió siempre en el pasado; o, conscientes de la dificultad del trabajo, aprender de la historia que en algunos lugares, algunas veces fue posible, y puede volver a serlo, y así luchar por la Alianza de Civilizaciones.

| |